Siempre has sido como un silogismo, Emilio. Eres difícil. Lo que vale la pena es difícil. Por lo tanto, vales la pena. Y has sido como un poema de esos complicados que regalas. Una estructura compleja, estudiada y minuciosa para decir algo. Eres un poema que dice lo que eres, entre esos versos de sílabas medidas a los que llamas días, y de párrafos ordenados a los que llamas amigos.
Ahora te hablo en el silencio, como tú sueles hacerlo cuando me sumerjo en mi cotidianidad. Es muy fácil quererte y pasar por encima tus actos pueriles, porque en definitiva prefiero que sigas jugando a ser hombre. Odio esa madurez que ostentan tanto otros, sabes. Odio cuando piensan que porque tienen la vida hecha pueden suponer que me merezco lo que ganan o lo que dicen que son. Por eso te echo de menos, así simplemente seamos un par de tazas de té mientras llueve en mayo. Porque siempre quisiste acobijarme el alma. Con poemas y filosofías que no todo mundo entiende. Explicar lo inexplicable. Esa ha sido tu manera de seguir conmigo.
Quiero ahora que sonrías, Emilio. Me duele que estés triste. Pon algún Nocturno de Chopin e imagina que uno de tus amigos, el pianista, lo toca para ti en algún teatro de esas universidades con las que sigues soñando. Va a haber algún momento en que esa música que se escribió entre los delirios de la fiebre y el amor te reestablezca el alma maltrecha. Y va a haber un lugar para que dejemos de ser un par de tazas de té. Mayo no dura para siempre aunque haya muchos mayos. Y el dolor te ha hecho fuerte. Sécate las lágrimas, que vienen más y no querrás un dique en la mejilla que voy a besar cada vez que te sienta.
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