lunes, 1 de febrero de 2010

Una cita contigo

Ayer tuve una cita contigo. Apenas se esfumó tu voz en el 'clic' del teléfono, me dispuse para todo lo que quería que sucediera. Hice que me desvaneciera el viento y ya, siendo imperceptible, me dejé llevar hasta donde estabas. Ni tus amigas ni tus amigos. Ni las meseras ni los que querían bailar contigo supieron de mí. Me tomaste en el trago y me aspiraste en el aire del bar y la disco. Me deslicé en tus dedos cuando te limpiaste el sudor de tu frente y te cuidé en la vuelta a casa, cuando las luces de la calle dejaban una estela informe.

Quise ayer estar contigo, toda la noche. Supe que había una única forma y, ya te dije, me hice imperceptible. Nadé entre tus venas y escuché mejor que nadie los latidos de tu corazón. Me asomé por tus poros como si fueran trincheras y surfeé en tu lengua cuando la pasaste por tus labios. Miré a la gente desde el balcón de tus orejas y no te quiero contar adónde más quise ir mientras era imperceptible. No quiero que me veas como una versión etérea de un abusivo y sólo suspiré pensando que hay muchas más razones que las evidentes que te hacen más mujer que cualquiera.

Ya, esta mañana, cuando despegaste la cabeza de la almohada y saboreaste el amargo del desvelo, me fui de tu lado. Dormí sobre tu cabellera enmarañada y me escapé por la ventana que da a la plazoleta. El violeta de una mañana fría del verano extraño de nuestra ciudad coloreaba tu piel de forma que parecías el retrato en acuarela de una musa cinematográfica. Miré tus ojos antes de irme, cuando ibas por el espejo. Y estuve como quise, contigo, dejando que la noche se la llevaran las risas y el viento.

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