Sabes Jack, en cierto modo puedo decir que se parecían mucho las tardes
de la Guerra a las de California; cuando en Santa Bárbara octubre quema las
tardes con ese sol naranja del Pacífico. La única diferencia es que era otro año que se acababa, en otro
mar, en otro cielo. Pero el naranja brilla a pesar de las bombas, Jack. A pesar del olor a
muerto.
Ese día, la última línea que atravesamos dejó exhaustos a los
nazis. Durante unas horas, se permitió
que el cielo no tuviera humo sino nubes. Durante un pedazo de tarde, los azules
se volvieron a juntar. En ese sosiego, con la conciencia de que no volvería a
ver a James, a Taylor, al indio que me recordaba al tío Joe, comenzaba a pensar
en qué pasaría conmigo. Jack, cada vez que corrías 20 metros, veías cómo caían otros como tú. ¿Por qué no iban a volver ellos y si tú? Creo que sus familias no hubieran estado de acuerdo contigo, eh?
Es por eso, Jack que hablar de que me inspiraba tanto pensarla, que me
motivaba poder imaginarme un futuro con ella, parecía tan triste por inútil. Por eso siempre lloraba en las pausas, sin que nadie me viera. Eso era fácil: de
tanto endurecer el cuero esquivando balas, se aprende a llorar por dentro.
Y lloraba porque ya no hablaba con ella. Hablaba con su foto. Ja, recuerdo que una vez tuve que limpiar las letrinas porque al imbécil de Tennesse se le ocurrió insinuar algo con su porquería
y la boca de ella. Toda la mierda que limpié por esa paliza fue la que en
cierto modo se tragó ese pedazo de basura. De ella solo debías decir palabras
bonitas. Y solo algunas. Porque la gran mayoría, solo las podía decir yo. Ella
era del mundo. Pero las palabras de amor para ella tenían dueño.
Es por esto que te decía, Jack, que el cielo en el silencio de la guerra se parece
al cielo de California. Con ella, lo mirábamos juntos en la playa. Y desde esos
malditos años en Europa solo los veía con una foto. Mi vida se convirtió en la tragedia de hablarle a su ausencia. A su recuerdo. La soledad tenía su nombre, Jack. La soledad tenía su nombre...
Te decía que miraba su boca, sus ojos. Y lloraba porque no
había cartas hacía meses. Porque no
sabía si había recibido lo que le
escribí. La foto con sombrero de marine con la que me quiso decir que esta guerra
también ella la peleaba conmigo. Y de repente un silencio ensordecedor y un
brillo que quitó la luz de mis ojos. Solo te puedo decir, Jack, que cuando las ametralladoras vuelven a disparar; cuando
vuelve a haber explosiones, el humo
dibuja el infierno.
No recuerdo nada más, Jack. Cuando desperté, estaba detrás de la línea de fuego. La onda
de un obus puede levantarte metros. Ninguno de mis pertrechos apareció. Dicen
que el bombardeo fue furioso. Que tuvimos muchas bajas y que los ingleses
realmente nos tuvieron que dar una mano. Y perdí la maldita foto.
Pero dirás que qué diablos, que sobreviví. Pues déjame
resumirte, Jack, déjame acortar la historia antes de que me sirvas otro trago:
cuando volví no me esperaba nadie. Supe que se fue a estudiar a New
York. Quise buscarla. Con los dólares
que me dieron compré una botella y unas
flores. Quería decirle que la esperaba en California o donde fuera. Cuando
llegué a la dirección que conseguí, un tipo de esos de traje parqueó uno de esos autos con
aletas. Y no fui capaz de seguir. Ella no era ella. Y yo ya era yo y mi soledad.
No la volví a ver. Solo existe en mi mente porque tampoco
conservo su foto. La guerra se llevó mi último amor, Jack. Aunque, de cierto modo, incluso,
ya había cambiado la idea de volver verla. Por eso
tengo este tatuaje en el brazo. Por eso me escribí SOLITUDE. Por eso si te
compro esta pocilga, se llamará como ella. Como lo que me dejó la guerra. Como
lo único que tengo. Mi soledad. ¡¡¡¡Sírveme el maldito trago!!!!!!
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