Arrancarse la piel. Por el miedo a que a la próxima sí quieran usar el puñal. Para no seguir sintiendo el miedo. Arrancársela, para con una piel nueva volver a medir las aceras con humo, los pasos con canciones, las distancias con ensoñaciones. Arrancársela. Simplemente. Para sentir de nuevo el mundo sin el temor que producen los que lo hacen invivible.
Arrancarse la piel. Por la soledad que dan los días que se acumulan entre la última vez de todo. No dejársela y así sea sentir en carne viva algo más cálido que el viento de un cuerpo despellejado y sin compañía. Arrancarla, con el corte en cruz del torso y desplegarla como si fuera un hollejo. Para no sentirla más sola. Para desear otras pieles. Desconocidas. Con otra piel. O así sea en carne viva.
Arrancarse la piel y no extrañarte. No sentir que esta piel sabe que eres el único abrazo que extraña. El único que la cobija. Esta piel que no quiere estar bajo las sábanas que ya no te tocan o de esas que nunca te tocaron. Arrancarse la piel para dejarla lejos, en la basura, en alguna otra parte. No tener tu rastro dentro mis poros. Ni el rastro erizado que da la calle cuando se sabe que hay cuchillos. Arrancarse la piel para quitarse el recuerdo y el miedo. Por no querer derramar sangre. Por no seguir derramando amor.
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