martes, 28 de junio de 2011

Silvia 2.0




Juntando todas las noches que habían pasado, eran las de dos semanas de exilio. Y Silvia había escrito la tinta de todas esas noches. Era su ritual, el de inscribirse con un cigarrillo al comienzo, que nunca pasa de las 7:30, y el de hallarse en la contraluz de su escritorio y la ventana de su alcoba. Arrancaba hojas, prendía el computador, lo cerraba de nuevo. Se sentía el calor en las manos mientras borraba unos apuntes. Lo abría de nuevo estrepitosamente y abría el navegador. Por algún recuerdo de alguna palabra vieja o de algún tipo de animal con el que hizo alguna vez una taxonomía de los hombres. Mira el buscador, encuentra simpáticas algunas fotos de desnudos y algún texto con otra palabra rara. Disminuye la ventana y abre la herramienta de texto. Comienza escribir de nuevo. Es un archivo en blanco y aunque tenga la sensación de que continuará contando algo, debe estar aparte.


En las noches, cuando no se está en la ciudad, hay una recurrencia en imaginarse lo que está pasando en el ruido. En los gritos. En los estrépitos de las luces. Y en esos momentos es cuando Silvia le da paso al vino. No es antes de las 10. Pero tampoco después de las 11. Generalmente lo hace, sintiendo una especie de culpa. Ella, en medio del silencio, en su casa enorme, escuchando de cuando en cuando la interrupción que los caballos le hacen al viento. Y los otros, en la ciudad, pecando en acción. Ella en pensamiento. O en omisión. Pudo no venir sola. O propiciar que llegara alguien. Un sorbo de vino y se siente plena. Las hojas siguen amontonándose y de nuevo siente que puede seguir escribiendo.


Entre todas esas noches juntas, se sumaban archivos de texto y colillas de cigarrillos, pedazos de cerdo que arrancaba del horno cuando la ansiedad pedía comida. Y una necesidad olvido, haciendo inmortal lo que quería olvidar con alguna frase memorable. O una historia que haga sentir a todos como suya. Como propia. O una imagen, está de moda eso de dejar imágenes en la prosa, cuando se supo que eso era de la poesía desde antes. En todo caso, esos son algunos de los souvenirs mentales que dejan los libros en los recuerdos. Y ella quería dejar algunos. Inmortalizando lo que quería olvidar escribiendo.


Dos semanas afuera. De sus "excesos controlados". Lejos. De sus "verdades exactas". Inocente. De lo que aún no ha hecho. Se suman con los días y las colillas, las palabras y los vinos, las ganas de dejarse ir. Silvia no es de drogas. Pero siempre tiene un amigo que le deja un porro. Y hay días de esos días en los que solo dan ganas de una hamaca y un libro ajeno. Un libro de los que se lee al azar. Señalando con el dedo, hurgando entre las páginas. Como las antologías de poemas. O un poco más detenidamente, si se hace en uno de cuentos. Señalando el índice a placer. Una bocanada y el vaivén. Dos semanas afuera escribiendo, dos semanas lejana. Dos semanas, de apuntes y tinta. Los que suman las mismas noches que ella había juntado olvidando lo que será inmortal.

No hay comentarios: