jueves, 6 de noviembre de 2008

A fuer de la infamia

Un niño nace en la selva y por la propia condición infrahumana de su advenimiento, se le fractura el brazo, además de que sufre de desnutrición y otras enfermedades en sus primeros meses de vida. Vuelven a casa (los que vuelven), mancillados por el secuestro, algunos de los que fueron sometidos al encierro en la jungla, consumando la paradoja de tener como prisión el escenario de la libertad de las fieras. Del otro lado, le prometen a un sanguinario el dinero con el que se harían decenas de escuelas, después de que éste le cortara la mano a su comandante asesinado. Y por días de juerga, se llenan los campos de muertos que pasan por delincuentes, porque no importa legalizar a los que traen de otros rincones para volverlos bajas en virtud de la seguridad democrática: son pobres. Y ay del que diga algo, porque para evitar escándalos, con indígenas andando la Panamericana, cortadores de caña hastiados de humillación y los empleados de la justicia parando el sistema, pidiendo que les sigan dando prebendas por no trabajar y contribuir con la impunidad, está bueno eso de valerse de los principios éticos y rechazar el abominable crimen de un padre que mata a un bebé indefenso. Como si fuera la primera vez en esta tierra que hace rato es el paraíso de los buitres.

Y seguramente Emmanuel volverá a ser noticia, ahora que la agenda noticiosa pide que se hable de la Navidad de los famosos. Él no importa como símbolo de la tristeza de los niños colombianos que mueren de hambre y de frío, o por las manos criminales. Vale porque es una celebridad en este circo en el que un tal Rojas exige cumplimiento a un gobierno, después de cercenarle la mano a su víctima. O en el que se aprovecha de la misma dramaturgia, el monstruo que clama ante un país que le devuelvan a un hijo que él mismo asesinó. Y bueno, que sirvió para que no se dieran cuenta que los empleados judiciales estaban en huelga y habían dejado de hacer nada, que es lo que hacen cuando no están en huelga. Y siquiera se voló Lizcano para olvidarnos de los indígenas, que como viven en las sierras o en los desiertos o en las selvas, adonde llegaron para huirle a la muerte (como consta en la historia), no merecen tierras que les quiten el hambre. Aunque también falta ver que sacando militares horas antes de que aparezca un informe sobre ejecuciones extrajudiciales, no se logró menguar todavía la pestilencia de los cadáveres de pelaos de barrio, algunos marihuaneritos o desocupados, pero inocentes al fin y al cabo, que pasaron por muertos en combate porque, pensaban, nadie los iba a llorar. A fuer de la infamia.

1 comentario:

santiago garcia dijo...

aaaaa chucho....escribi cosas que entendamos como la de la arañita.