martes, 11 de noviembre de 2008

Yo sin ti

Hoy, como si fuera distinto, si es que algo ha cambiado y todo parece igual, no tuve de otra, como si alguna vez hubiera habido alguna opción, y quise afanarme de algunas palabras, cual fueran una provisión de los besos que quisiera llevar para poder volver de cualquier guerra. Y ya ves que no son tan distintas, aunque sean de hoy, y tan ajenas, así sean mías, porque si de otras voces las escuchaste alguna vez, hoy quiero volver a ser el primero en decirlas, así también te las haya dicho yo. Porque pensándolo bien, volví del frente y no estabas entre el marco de la ventana de mi puesto en el tren, y las gentes que te vieron no supieron si realmente me esperabas, pues son tantos los que bajaron y se pusieron locos de contentos, que seguro pude ser cualquiera quien te dijo que te hablaba en sus horas desoladas. O quizá me quedé en una tienda, en medio de la nada, contando las veces que pude ser otro al que le preguntaste si estabas linda, mientras mis ojos, que eran pardos o verdes, miraban los tuyos, cómplices como siempre. Pero a lo mejor no soy yo sino mi delirio en medio de las noches que no terminaban con el día sino con tu adiós, y fueran mis manos las que te tomaban, así hablara como en Babel y dudaras en entenderme. Claro que es posible que en esas últimas compras hubieras tenido en mente qué te regalé, aunque lo haya pagado un sudor que no es mío y ni siquiera sepas que estuve ahí, mirándote en todos los maniquíes que puede haber por la vanidad de un emperador. Sí, ese mismo que se besa con una niña moribunda de frío cuando cierras antes que tus ojos la última ilusión que quieres regalar en la noche, y que no parece haber encontrado para él algo digno más allá de su desnudez. O de pronto el hombre de gorrita de Neruda y bufanda a cuadros, y con el calor que hacía, que compraba cigarrillos y fernet en el kiosco en el que viste la última Marie Claire, era yo guiñándote un te quiero con aliento a alquitrán. Y quién sabe, porque si se veía el Obelisco desde la ventana, yo desde la registradora me ensoñaba dándole vueltas cuando celebrara por fin haber conseguido ganar en el último suspiro toditico tu amor. Pero vamos, que si no fui yo el que regó en la mesa de junto un aguardiente el día que pensaste que te gustaría en tu ciudad un río, fue porque también estaba lejos, acallando una bienvenida, así el dolor me autorizara pensar que podría verme en otros ojos que no fueran los tuyos. Claro que ahora, ya que lo medito, fue en las vitrinas que te miré, mientras discutías por dinero, aunque supieras que fue un buen año el que se fue, mientras yo, en los rostros que quieras, sin que te dieras cuenta, pude verte por última vez muchas veces, para decirte por primera vez lo que ya te dije, en las palabras que te lo dijeron ya, aunque sean las mías propias. Como el espectro que soy por haberlo hecho tantas veces como lo hago ahora, por saber que no dejaré de hacerlo, aunque el orgullo me culpe y también tu maldito silencio. Porque aunque no se puede decir que todo te dé lo mismo aunque todo te dé igual, muero como en la canción que viste furiosa en una silla que no querías estar, y lo hago tan bien que cada hora lo repito, como por confirmar que no es raro, aunque no sea yo el primero en decírtelo ahora que lo oyes por primera vez, en palabras que conoces y que son las mías. Y es que además todavía hay mil maneras de morirme por ti antes de que llegue la definitiva.

22-12-2005

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